martes, 29 de enero de 2008

POR TEDIO



Absurdamente
te posaste en mi hombro izquierdo
como la mano de ese hombre
a quien di un beso como apuesta y que se espantara luego.
Pero te quedaste anidando en mi cuerpo
y mis palabras,
quietecitas por desvalidas
ante el gesto maternal.

El insecto que no sabe de palabras
solo vive porque vive,
no puede develar el deber ser de su impulso
porque
justamente
en la negación está el secreto
del sentido de la vida.

Ya ves,
recuperó cuerpo mi escritura.
Con piel más suave
con manos más bellas y guante más fino.

Sabes,
me gusta ponerte estas semillas en la cabeza,
que crezcan rápido
para robarte el lustroso fruto
de nuestras miradas
comprendiendo.

Ahora
en este espacio,
más allá de tu frontera,
más acá en mi caricia,

que me devoras
como yo
a ti.

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