Después de veinticinco años de matrimonio, con sus inevitables altos y bajos, mi relación con él había encontrado un equilibrio sereno. Sin embargo, una sombra nublaba de vez en vez su corazón y su mente: los celos por aquel novio de mis dieciséis años, hoy un pintor famoso. Cada mención de su nombre reabría un eco de inseguridades de la infancia.
Esa mañana todo parecía perfecto. Íbamos por el centro de Viña del Mar, yo al volante del auto, charlando animadamente sobre nuestros tiempos. Luz roja y me detengo. Bajo ella apareció el pintor; sus lentes oscuros no ocultaron del todo su sorpresa al reconocerme. El lenguaje corporal lo delató —un leve giro de cabeza, una pausa—. Mi marido también lo vio. Fingí naturalidad y siguió la conversación, pero como el semáforo nos retenía, acerqué mi mano a su rostro y le acaricié la mejilla con ternura.
—¿Por qué ese cariño repentino? —preguntó, con un matiz de sospecha en la voz.
—Y por qué no —respondí sonriendo, haciendo una pausa breve—. Lo importante es que estamos bien hoy, que nuestro hijo está bien, que tú estás bien y eso me tiene contenta.
"Sí, es un buen tiempo. Me estoy recuperando, ¿sabes? Hay que cuidar lo que somos y tenemos", murmuró. La mañana prosiguió con gestos cariñosos, y en mi interior reflexioné sobre sus palabras. Tal vez este encuentro casual nos recordara precisamente eso: la fragilidad de lo bello y de lo bueno y que, pese a lo que pase, es importante regenerar el corazón no olvidando quiénes somos y lo que hemos sido.
La búsqueda de sentido, el articular fragmentos, el transformar sueño en realidad y que esos rostros del mundo onírico encajen correctamente en el mundo real.
No hay error. Solo aprendizaje de vida.
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